Hermana Francisca nos compartía cómo la ciudad puede ser también lugar de contemplación y su empeño por acompañar a los jóvenes según sus capacidades y deseos.
Con los niños y jóvenes basta pararse un poco, abrir los ojos, descubrir lo que nos rodea y ver que allí también están las huellas de Dios.
Y si pensamos en qué adjetivos ponemos al paisaje podemos hacer relación sobre cómo nos gustaría vivir con los demás: armonía, grandeza, profundidad, sencillez...
Todo es medio para contemplar y compartir.
¡Gracias por ayudarnos a abrir los ojos!
Ana María
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